GALILEA

Llegar a Galilea fue entrar en un territorio que durante mucho tiempo permaneció fuera de las miradas. Un bosque extenso y complejo, donde la vida se mantiene entre la niebla, la montaña y la presencia de quienes lo habitan. Como biólogo y documentalista, mi primera aproximación fue la de un explorador: caminar, observar, buscar especies, intentar comprender aquello que todavía permanece oculto. Pero Galilea pronto dejó de ser solamente un lugar para observar la naturaleza. El territorio comenzó a revelar también sus tensiones, sus historias, y la fragilidad de ese equilibrio. En medio de la expedición aparece una noticia inesperada: la muerte de un oso andino. A partir de ese momento, la película cambia. Lo que comenzó como una búsqueda de vida se convierte también en una reflexión sobre la muerte. Quise detenerme en ese instante. No construir una película basada únicamente en la espectacularidad de la naturaleza, sino detenerme en lo que pasa cuando esa belleza se cruza con la vulnerabilidad de la vida, la historia y con las transformaciones que enfrenta el territorio como la exploración de hidrocarburos en territorios de enorme valor ecológico. Galilea es, en ese sentido, una película sobre la naturaleza, pero también sobre nuestra forma de relacionarnos con ella, porque antes de transformar un territorio, necesitamos comprenderlo, escuchar a quienes lo habitan y reconocer las formas de vida que dependen de él. La película no pretende ofrecer respuestas definitivas. Busca observar esas tensiones desde el territorio y preguntarse qué sucede cuando los intereses humanos entran en conflicto con las dinámicas que sostienen la vida.